Tacto

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LA CONCHA DE SU MADRE

En la orilla del mar, mamá toma el cubito por la mano, se dirige a sus padres y les dice: ‘voy con la niña a jugar’. Esos momentos en los que te trae la concha plástica llena de agua, de la que al final llegan dos gotas. ¡Vamos a hacer el castillo de mi princesa! Ese punto en el que se gira y con mirada entre sorprendida y permisiva, te pregunta que por qué no está papá. Es verano, es el momento en el que todos los que ya no pueden más, dejan de intentarlo. Complicado, porque las nuevas formas, las nuevas parejas, los nuevos valores y amores, las nuevas familias...

Todo se entiende, se acepta. Ya han pasado por todo tipo de especialistas, y sigue igual: no hay nada, lo poco que se logró construir ha quedado arrasado, el tiempo ha llegado a su fin, y ha terminado con todo. Éste es el momento en el que las madres de antaño empezaban a tragar para los restos. Y, donde las mujeres de hoy con decisión dicen: ‘que te pires Benavides’. La pareja (madre, hija) siguen debajo de un sol abrasador, y la mamá dice a su pequeña que tiene que ponerle bronceador, y que debe tomar un poco de zumo y agua. La bebé no lo entiende, intuye lo que hay a su alrededor, prevé lo que está por llegar, pero, no es consciente de la conciencia, y el grado de conocimiento que tiene de todo.

Sus papás han pasado de respetarse y transitar la ‘realidad estática y paralítica del amor’, a no soportarse. Ella quiere cama, él está pensando en otra. Él quiere sexo, ella sólo piensa en su amor, el que cree su verdadero amor, el hombre que sólo con pensar en ella le hace sentir. Continúan en la orilla, ya han sido capaces de sacar un gran montón de arena, y la niña pretende enterrar las piernas de la abuela. Los abuelos en su sombrilla lo ven, lo saben, lo sienten.

Contemplan como su hija busca dónde está la salida, saben que no es fácil, que todo está en su contra, y que su nuevo amor es tan grande y maravilloso, como tambaleante y difícil.

Los padres llevan media vida sin tener cama, sin intimar, todo quedó en una mesa de operaciones de una colocadora de valores, al abuelo le había dado un infarto brutal y no tenía erecciones… ella, la abuela, llevaba media vida haciéndose la idea de cómo era aquello de la cama… ¿hace falta el glande? Claramente no, con un ‘plequeño’ se puede uno apañar, se trata de apostar por la imaginación.

El amor no es penetrar en el deseado templo, es entrar en su mente y compartirla con la tuya, con tus sueños, vidas, esencias, aromas, energía… Gandía es tan mal lugar como los peores, en mi infancia la disfruté. Los recuerdos, los olores, las luces y sombras, un atardecer rodeado de Imsersoak. Un amanecer al lado de los que van a pescar con cañas compradas en el chino de guardia. Han dejado a las parientas en la cama. A su regreso, gordas y quemadas, dirán al endocrino que ‘no he comido nada, doctor’, son las aguas… ¿Siete kilos más?, ¿las aguas? El estrés engorda (jajajajaja…)

El estrés no existe. Lo que es real y si existe, es la mentira, la utilización de artimañas que conducen a la confusión. Con lo fácil que es llamar a las cosas por su nombre.

Hace unos años, no recuerdo cuántos, jugaba con mis pequeños en una playa de Las Palmas de Gran Canaria, en la orilla del océano, con sus ‘tablas de surf’, veían como sus papás pasaban las primeras vacaciones separados, por prescripción del psicólogo familiar, que habitualmente no tienen ni puta idea de nada… Si os habéis querido, si tenéis dos hijos, si… Si no nos queremos, no nos soportamos, nos equivocamos, y me he vuelto a equivocar otras tres, y cuatro más, y cien, y treinta más veinticuatro da como resultado dieciocho, lo dijo Séneca: ‘el hombre es joven mientras lo sea su corazón’…

Ahora diría: ‘el hombre y la mujer, son jóvenes mientras lo sea su tarjeta, Corazón’.Me alegraré eternamente por mis niños, porque han crecido como unos campeones, en libertad y sabiendo e identificando que son ellos los que viven y deciden su vida. Hoy que son hombres, saben diferenciar entre el cubito de papá y la concha de su madre.

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